domingo, junio 12, 2005

Máscara vs. Careta



El estreno de Batman inicia desempolva un enfrentamiento de la cultura pop aun más fervoroso que el de los Beatles versus los Rolling Stones: el del psicópata millonario que se disfraza de murciélago versus el extraterrestre de acero que se viste de nabo. A continuación, historial y resultado de esa pelea.


Por Rodrigo Fresán
UNO
No acabamos de digerir el espanto y la culpa de ese iniciático y terrible interrogante al que somos sometidos a una edad tan temprana (¿A quién querés más: a mamá o a papá? con la inevitable interferencia del factor abuelos); cuando, casi enseguida, nos vemos enfrentados a algo todavía mucho peor: ¿Batman o Superman? La respuesta a este dilema no tiene la sutil elegancia de preguntas que llegarán más adelante cuyas opciones pueden cambiar según el ánimo o la oportunidad (¿On the rocks o sin hielo? ¿Cuál es tu Beatle favorito? ¿Rubias o morenas?), sino todo lo contrario: exige una elección firme y que se mantendrá inamovible hasta el último de nuestros días. Y esa elección –si somos personas de bien, si nos consideramos animales inteligentes– sólo puede ser una: Batman.
DOS
Para empezar, Superman –creado en 1938 por la dupla del guionista Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster– no es uno de los nuestros, no es uno de nosotros. Superman es un inmigrante ilegal: un extraterrestre enviado en cohetín a la Tierra por su progenitor, Jor-El, en vísperas de la destrucción del planeta Kriptón. El que Jor-El lo haya enviado a un lugar tan problemático y constantemente cataclísmico como éste, pudiendo haberlo despachado a galaxias más felices e inteligentes, dice a las claras que era un pésimo padre o alguien con un sentido del humor un tanto perverso.
TRES
Los múltiples superpoderes de Superman –héroe que es la versión con esteroides de una de esas navajas suizas con miles de funciones que, a la hora de la verdad, no sirven para gran cosa– no son otra cosa que la resultante de las condiciones atmosféricas de nuestro mundo en combinación con su biología alien. Es decir: lo suyo no tiene mérito alguno. Y el que sólo sea vulnerable a las múltiples variedades de kriptonita (restos rocosos de su lugar de origen que llegaron a nuestros mares y montañas y ciudades en forma de meteoritos de diverso tamaño) no hace más que poner en evidencia que Superman no es alguien tan sano y equilibrado como nos quiere hacer creer si un pedazo de patria lo pone tan pero tan mal. Es más: Freud se hubiera hecho una fiesta con este muchacho.
CUATRO
Batman, en cambio, es 100 por ciento humano y es un verdadero selfmade man que suplanta los superpoderes reflejos y automáticos por gadgets, pura astucia humana y, claro, dinero heredado a muy temprana edad. Creado en 1939 para competir con Superman por el dibujante Bob Kane y el guionista Bill Finger, Batman –el lado oscuro del magnate Bruce Wayne– se reconoce desde el principio como un perfecto y feliz psicópata. Lo suyo –una sed de venganza del tipo montecristiana– está justificado por haber sido testigo del asesinato de sus padres durante su infancia y nunca me quedó claro qué hacía una pareja de adinerados con niño paseando por una calle oscura, cerca de la medianoche y, si mal no recuerdo, a la salida de un cine. Traumático, sí, pero mejor eso que –el caso de Superman– acabar siendo adoptado por un par de granjeros, los Kent, tan buenos que parecen escapados de un manicomio. Y, para los verdaderamente masoquistas, ahí está esa pésima serie de televisión con acné titulada Smallville donde lo único interesante es el personaje del juvenil Lex Luthor, millonario adolescente quien, seguramente, estudió en el mismo colegio primario que Bruce Wayne. Una escuela en la que sólo pueden apuntarse potentados con serios problemas de personalidad. O de alopecia.
CINCO
Y está el definitivo y definidor asunto de los trajes, de los uniformes. Seamos sinceros, el traje de Superman no es más que un pijama patriotero; mientras que el de Batman –concebido por Wayne una noche enque un murciélago se coló por una de las ventanas de su mansión– es formidable y hace todavía más interesante a su portador. Porque hay que estar muy loco para –viviendo hundido hasta las cejas en millones de dólares– tener el perturbador hobby de ponerte semejante indumentaria para salir a perseguir gangsters y no súper-villanos (de esta faceta más dark y noir, parece, se ocupa Batman Begins, dirigida por Cristopher “Memento” Nolan). Superman, mientras tanto, se la pasa posando, siempre que puede, con brazos en jarra frente a la bandera norteamericana. En este sentido, queda claro que Superman es casi un servidor público, un empleado más del gobierno de EE.UU. Batman, en cambio, es un entrepreneur del sector privado. Superman es un insider y Batman es un outsider. Superman es La Ley y Batman es un Fuera de la Ley. Frank Miller vio bien clara estas polaridades opuestas e irreconciliables y enfrentó al Murciélago con el Kriptoniano en la magistral graphic-novel de mediados de los ‘90 titulada The Dark Knight Returns. Allí, uno y otro se baten en duelo a muerte. Y, claro, Batman pierde porque Batman no tiene súper-poderes. Pero, aún así, Batman gana.
SEIS
Y siempre serán mejores las gárgolas de Gotham City que los impersonales rascacielos de Metrópolis. Y la Baticueva queda mucho más cerca del centro que la ártica Fortaleza de la Soledad. Es decir: Batman siempre tiene mejor dirección de arte (gracias por todo, Tim Burton; en especial por Batman Returns) y hasta cuando hace el ridículo –la formidable serie televisiva pop-kitsch de 1966 o las fantasías pseudo-gays de Joel Schumacher– suele resultar perversamente interesante. Ya saben: Kapow! Crash!, Burguess Meredith como El Pingüino y César Romero como The Joker; y, bueno, ese hule negro más S&M que justiciero. Y –last but not least– la música de Batman: esa obra maestra del a go-gó firmada por Neal Hefti para la serie de TV o las febriles partituras góticas de Danny Elfman. El soundtrack de John Williams para Superman es, en cambio, lo mismo de siempre, lo de antes: música para marines que no tienen la menor idea de en lo que se están metiendo.
SIETE
No hay redención posible, en cambio, para el serial The Adventures of Superman (1956) o para las inocuas cuatro películas –la segunda parte, de Richard Lester, fue la mejor– protagonizadas por el Hombre de Acero entre 1978 y 1987. Además, hacer de Superman da mala suerte: George Reeves se suicidó y Christopher Reeve se cayó del caballo para subirse a la silla de ruedas y –humor negro oscuro– acabó siendo igualito a Lex Luthor. Buena suerte a Bryan “X-Men” Singer, quien se ha empeñado en hacerse cargo de la nueva versión. Y (los rumores apuntan a Nicolas Cage) que se cuide mucho el actor protagonista. Ya lo dice el dicho: el hábito no hace al monje. Ni al Superman.
OCHO
Y seamos sinceros: entre Luisa Lane y Gatúbela, ¿con quién se quedarían ustedes?
NUEVE
Pero –ahora en serio– el verdadero problema es otro. Superman no usa disfraz. Batman sí. Superman se nos presenta a cara limpia e -invirtiendo la lógica del sistema del súper-héroe– su “personalidad secreta” es el torpe periodista Clark Kent. Bruce Wayne, por su parte, es un tipo definitivamente cool que se esconde –como le corresponde a todo súper-héroe– detrás de la máscara de rigor. Y he aquí lo ofensivo: Superman es como es y se “convierte” en el terrestre Clark Kent –le basta, apenas, un par de anteojos y peinarse ese mechón rebelde sobre su frente blindada– porque es así como nos ve a nosotros: torpes, cobardes, buenos para nada. Superman nos insulta e insulta la inteligencia de los humanos que –con la excepción de la histérica y siempre sospechosa peronada eficiente Luisa Lane– ya llevan casi setenta años incapacitados para descubrir lo obvio: ¡Clark Kent es exactamente igual que Superman si Superman usara anteojos! Bruce Wayne, en cambio, desaparece para que aparezca Batman detrás del rostro de un quiróptero de hábitos nocturnos que pasa el día colgado cabeza abajo. Y todos felices.
DIEZ
Y, de acuerdo, sí, bueno, tienen razón: está el conflictivo tema de Robin. Pero no hablemos de Robin. Robin murió. Lo mataron los malos. Y los lectores que votaron para que desapareciera para siempre. Y Batman lloró un poco. Pero se repuso enseguida porque llegaron nuevos Robins. Y le pidió a Alfred –tanto más interesante que Jimmy Olsen– que le pusiera a punto el Batimóvil. Y agregó: “Hoy a la noche salgo... Y vuelvo tarde”.

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